Amor, desamor, celos, abandonos, separaciones,
reconciliaciones, rechazos... Temas eternos, tan eternos como el triángulo
amoroso, como el triángulo que deviene cuadrilátero. Los personajes son gente
cosmopolita que se desenvuelve en ambientes cosmopolitas: Nueva York y,
tangencialmente, París. Pero son tan humanos como el más humano de los humanos.
Y eso se nos muestra con una prosa tan funcional como incisiva, con una
claridad y una economía de medios que el lector agradecerá: la narración avanza
combinando capítulos en tercera persona con otros en primera persona, pero
tanto en un caso como en el otro el bisturí de la prosa nos introduce en el
interior de los personajes, desvelando sus egoísmos y sus inseguridades, sus
frustraciones y sus angustias. La acción, y tal vez resida en ello el mayor
valor metafórico de la obra, transcurre en los últimos meses de 2010, en el
marco de esa crisis de la que parece que nunca vayamos a salir, una crisis a la
que los personajes, con sus cosmopolitas y bien remuneradas profesiones,
parecen ajenos.

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